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Dr Gustavo Héctor Vázquez
Los manuales oficiales de diagnóstico en psiquiatría han denominado como trastorno bipolar a la entidad clínica que había sido conocida durante la mayor parte del siglo pasado como psicosis maníaco depresiva. Sin embargo Kraepelin había incluído bajo ese mismo rubro a los cuadros depresivos recurrentes que presentaban episodios alternantes de exaltación de menor intensidad (hipomanía), aquellos que mostraban temperamentos de tipo ciclotímico, irritable o maníaco (o hipertímico), o incluso aquellos pacientes depresivos con antecedentes familiares de enfermedad maníaco depresiva.
A pesar que la conexión entre melancolía y manía había sido observada por los griegos hace 2000 años atrás, los primeros en documentar la enfermedad bipolar completamente fueron los alienistas franceses Baillarger y Falret (1854) durante el siglo XIX. El psiquiatra alemán Emil Kraepelin (1921) nos brindó descripciones completas y detalladas de las formas depresivas que alternaban con las excitaciones maníacas, en algunos casos psicóticas y en otros más atenuadas. La distinción entre enfermedad unipolar y bipolar, propuesta por Angst y Winokur (1966/68) fue muy útil para la investigación clínica, pero dejó muchas condiciones afectivas sin definir en el medio de los dos constructos. Basados en las observaciones clínicas y en estudios familiares, Akiskal y Mallya (1987) estimaron que alrededor del 5% de la población general pertenecía a un espectro bipolar donde predominaba la sintomatología depresiva con excitaciones menores que la manía e incluía a las depresiones cíclicas.
Es evidente que ante tal cantidad de entidades clínicas diferentes habría que tener una gran experiencia y conocimiento propio de los posibles indicadores clínicos de bipolaridad. Es por ello que para facilitar la detección y en un intento por operacionalizar el diagnóstico del espectro bipolar, Nassir Ghaemi (2003) propone una serie de criterios que siguen las directrices principales de los autores mencionados anteriormente, y que permiten, más allá de los criterios tradicionales del DSM-IV para los tipos I y II, realizar el diagnóstico de un paciente bipolar. Se ha sostenido muchas veces que el principal desafío en el diagnóstico del trastorno bipolar lo constituye la posibilidad de detectar los episodios de hipomanía en el transcurso de una enfermedad depresiva recurrente, que en general no son referidos por los pacientes ni los familiares como un episodio de alteración anímica. Sin embargo, parece ser que en realidad debemos enfrentarnos con una tarea más difícil aún: llegar a realizar el diagnóstico de enfermedad bipolar no desde la fase de euforia, sino a partir del polo opuesto, es decir, a partir de los episodios depresivos.
El estado hipomaníaco es un punto crítico para la definición de las condiciones bipolares del espectro que se encuentran por debajo del umbral de la manía. La mayoría de los estudios sobre hipomanía derivan de pacientes en los cuales se hallan presentes rasgos ciclotímicos o hipomanías breves recurrentes. Y es en este punto donde el concepto del espectro bipolar toma uno de los matices más interesantes. Las tasas elevadas para el espectro bipolar en los estudios realizados con la comunidad están en consonancia con los conceptos clásicos de la enfermedad bipolar derivados de los trabajos de Kraepelin (1921) y Kretschmer (1936), quienes pensaron a las enfermedades afectivas como una amplia gama de estados diversos, que van desde los más severos a los más leves, para entrar sin un límite muy preciso en el terreno de la predisposición personal o temperamento. Ambos autores describieron a los individuos con ciclotimia como pacientes que padecían manifestaciones afectivas de baja intensidad que oscilaban habitualmente desde los estados subdepresivos a la hipomanía a lo largo de todas sus vidas. Mientras que en la literatura clásica, especialmente alemana (Schneider, 1955), la ciclotimia se refiere a todas las manifestaciones del espectro maníaco depresivo, en su concepción actual está limitada a las condiciones bipolares más leves, que podemos considerar a nivel del temperamento. En algunos ciclotímicos predomina el estado depresivo o iritable, en otros los rasgos hipomaníacos (o temperamento hipertímico). Estos estados pueden mantenerse durante la vida de los individuos sin progresar hacia episodios afectivos mayores; en otros casos llegan a representar estados prodrómicos o predisponentes de una enfermedad afectiva más severa. Luego de la recuperación del episodio mayor, los pacientes vuelven a su temperamento de base.
Las investigaciones epidemiológicas más recientes sobre trastornos afectivos demuestran que el trastorno bipolar tiene una prevalencia mucho mayor del 1% de la población que se cita clásicamente. Si tomamos en cuenta el concepto de espectro bipolar, esta cifra supera holgadamente el 5%. Los estudios clínicos indican que los trastornos bipolares podrían llegar a ser casi tan frecuentes como la depresión unipolar. El moderno espectro bipolar, impulsado por Akiskal y Angst entre otros, está en concordancia con la postura de Kraepelin, quién propuso una enfermedad maníaco depresiva que en un extremo se tocaba con la psicosis y en el otro se sumergía en los temperamentos afectivos. Incluso los pacientes dentro del espectro, especialmente cuando la recurrencia es elevada y los períodos interfásicos no están libres de síntomas afectivos, pueden llegar a cumplir criterios para el diagnóstico de trastornos de personalidad (por ejemplo, borderline). La clínica de las enfermedades afectivas bipolares, basada en una extensa literatura al respecto, parece desafiar las convenciones de los sistemas de clasificación tradicionales (DSM-IV e ICD-10), que imponen múltiples barreras para el diagnóstico acertado de varios subtipos del trastorno bipolar. La posibilidad de poder enfocar el problema desde el modelo de un espectro de condiciones clínicas relacionadas, que varían desde la manía psicótica hasta las formas ambulatorias más leves, potencia tanto la práctica de la especialidad como la calidad de la investigación.
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